
Veintidós horas, treinta y siete minutos. Bethoveen, la Novena, cuarto movimiento, estridencia caótica reventando el silencio, haciéndolo un guiñapo.
El silencio sobra cuando el ruido de las vísceras ensordece.
Rutina mefistofélica, que anunciaba una catarsis pronunciada. Enmaletando filos fóbicos, con excitación y sabor a bisturí, de acero inoxidable, entre corrosión de nihil existencial incoloro, o gris, o negro.
Meticuloso... cubriendo la culpa con látex, sellando las manos como quien sella una tumba, de hedor serial, de sangre que nutre la vehemencia de sentir poder, de ser dios frente a la muerte ajena. Veintidós horas cincuenta y cuatro minutos, quinto movimiento.
Cronos, con rostro oscuro de medianoche, ocultaba silente los pasos de Hermann, los impregnaba de placer, dejando un olor a violencia reprimida, a recuerdos incestuosos.
Todo listo. Matemáticamente calculado, hasta la apariencia de la musa en turno: joven, tez clara, delgada, bella, y con oficio de vender retazos de cuerpo a precio de indignación, de hambre, de marginación.
Casi... el quinto movimiento da sus últimos golpes, preludiando una sinfonía de sangre y violencia.
Karajan da las últimas estocadas, mientras el corazón de Hermann late más a prisa, y simultáneamente se va congelando, haciéndose de acero despiadado, preparando la mente para teñir las navajas y bisturís de tonalidad escarlata. Los bemoles de Bethoveen consuman lo último.
La colección es basta, pero incompleta. Una musa por hueso humano.
Hermann se detiene en el dintel y en soliloquio se interroga:
- ¿Quién será más famoso, Bethoveen o yo?

2 comentarios:
que buen escrito, beethoven es para asesino serial y más la novena, excelente combinación, saludos
la música clásica unida al sopor satisfactorio, parecido al nirvana espiritual, de la carne enrojecida, puede servir.
Pero de todos modos me huele a cliché.
Si hay alguna verdad que arda!
PD: tus escritos son paradisíacos.
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